Los errores de Darwin

El otro día, paseando por la Rambla de Catalunya, topé con una bella escena digna de un documental del National Geographic. Dos perros copulando mientras sus dueños, distraídos, charlaban animadamente. Mi acompañante, una amiga de la infancia y fuente inagotable de anécdotas sentimentales, me dijo en un alarde de sinceridad que la escena le recordaba a su última relación.

 

Como el escarceo amoroso de los perritos, se basaba en un fugaz intercambio de fluidos y poco más. Ni romanticismo ni promesas de relación estable; no perdían el tiempo en otra cosa que no fuera follar. Y aunque al principio no le pareció mal, terminó cansándose de esa rutina; de perder toda la tarde preparando una cena exquisita que terminaba en la basura porque nadie estaba para comérsela después de un par de polvos; de despertarse en medio de la noche y ver que su amante ya se había largado a casa; y de vivir con la sensación de que, en el fondo, no era más que una chica fácil.

Por suerte, la cosa no duró mucho. Pensó que no valía la pena esforzarse en una relación que no conducía a nada.

 

Días después me enteré por otra persona, también mujer, que el parecido de ese pobre diablo con los perritos de la calle no se debía a sus hábitos, sino a la cara de cachorrillo –lengua fuera incluida– que ponía cuando hacían el amor. 

La naturaleza no deja de sorprenderme.

 

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