Días de perros
Una costumbre muy extendida entre las parejas de mi generación –jóvenes que, por desgracia, crecieron viendo los dibujos animados de Heidi y Marco– es la de comprarse un cánido de desproporcionadas dimensiones.
Desconozco si es una simple moda o un ejercicio para medir su habilidad como padres, aunque dudo mucho que un perrazo de cincuenta quilos se pueda comparar a un rollizo bebé.
Aún así, muchas parejas lo intentan, engañándose a sí mismos al pensar que el par de ladridos que su mascota suelta a medianoche se pueden comparar con los interminables berridos de un recién nacido.
El gasto en educación tampoco es el mismo, porque el precio de las dos o tres palabras en inglés que le enseñas a tu perro para sentarse o traerte el periódico nunca saldrán tan caras como una academia privada.
Y en cuanto a la alimentación… mejor dejarlo.
A los niños solo los puedes engañar cuando tienen meses y zampan papillas a diestro y siniestro. Una vez distinguen el brócoli de las fritangas, las cenas no vuelven a ser las mismas. En cambio, a un perrito le puedes dar la misma comida hasta que se muera, que no se quejará ni hará pucheros. Otra gran ventaja.
La única parte mala de tener un can en lugar de un hijo la pone, como no, la televisión. No puedes dejar a un San Bernardo viendo dibujos animados y esperar a que se quede quieto más de medio minuto. Todos sabemos que no se puede ser padre sin televisión. ¿Dónde si no dejarías a tus hijos mientras haces la comida?
Supongo que eso mismo debe estar pensando mi vecina, la cual, tras nueve meses de gestación y un parto con cesárea, se enfrenta a la peor parte de la maternidad: criar a tu hijo con un perro en casa.
Resulta dramático verla salir de su apartamento con el carrito del bebé, la bolsa llena de biberones y pañales, sus propias pertenencias –paquete de tabaco incluido– y, cómo no, el dichoso perro, aficionado a salir corriendo cuando menos lo esperas.
Debe ser duro, sí, pero como me río.