Días de perros

Mayo 13, 2008 - No Responses

Una costumbre muy extendida entre las parejas de mi generación –jóvenes que, por desgracia, crecieron viendo los dibujos animados de Heidi y Marco– es la de comprarse un cánido de desproporcionadas dimensiones.

Desconozco si es una simple moda o un ejercicio para medir su habilidad como padres, aunque dudo mucho que un perrazo de cincuenta quilos se pueda comparar a un rollizo bebé.

Aún así, muchas parejas lo intentan, engañándose a sí mismos al pensar que el par de ladridos que su mascota suelta a medianoche se pueden comparar con los interminables berridos de un recién nacido.

El gasto en educación tampoco es el mismo, porque el precio de las dos o tres palabras en inglés que le enseñas a tu perro para sentarse o traerte el periódico nunca saldrán tan caras como una academia privada.

Y en cuanto a la alimentación… mejor dejarlo.

A los niños solo los puedes engañar cuando tienen meses y zampan papillas a diestro y siniestro. Una vez distinguen el brócoli de las fritangas, las cenas no vuelven a ser las mismas. En cambio, a un perrito le puedes dar la misma comida hasta que se muera, que no se quejará ni hará pucheros. Otra gran ventaja.

La única parte mala de tener un can en lugar de un hijo la pone, como no, la televisión. No puedes dejar a un San Bernardo viendo dibujos animados y esperar a que se quede quieto más de medio minuto. Todos sabemos que no se puede ser padre sin televisión. ¿Dónde si no dejarías a tus hijos mientras haces la comida?

Supongo que eso mismo debe estar pensando mi vecina, la cual, tras nueve meses de gestación y un parto con cesárea, se enfrenta a la peor parte de la maternidad: criar a tu hijo con un perro en casa.

Resulta dramático verla salir de su apartamento con el carrito del bebé, la bolsa llena de biberones y pañales, sus propias pertenencias –paquete de tabaco incluido– y, cómo no, el dichoso perro, aficionado a salir corriendo cuando menos lo esperas.

Debe ser duro, sí, pero como me río.

Físico

Mayo 10, 2008 - No Responses

La experiencia del adulto medio con los gimnasios es, por lo general, traumática. Pocos de los que aseguramos hacer deporte nos metemos en ello por placer; siempre hay algún oscuro motivo de fondo que, casualmente, es estético.

Esto no quiere decir que hacer deporte sea malo; es más, reconozco que tiene cierto componente adictivo que te hace sentir, entre otras cosas, mejor persona.

A diferencia de otros vicios, como el tabaco o los programas de talentos musicales, con el deporte no te tienes que preocupar por la adicción, ya que, en lugar de ir a más, tiendes a querer menos.

Cualquiera, desde el consumado culturista a la ama de casa que solo quiere bajar tripilla, temen el momento en que sus obligaciones les conduzcan a la terrible frase «ya iré mañana».

Una pausa en la rutina se suele traducir en hecatombe, porque un día sin deporte corre el riesgo de convertirse en una semana, y ya que estamos, la semana en un mes.

Un mes pagando por nada.

 

Mi amigo Richie, al que nunca le ha hecho falta un gimnasio, se apunto a uno por culpa de todas esas leyendas urbanas que aseguran que ligarás más estando en forma. Sea o no mentira, las cuotas le escocían más que el limón en los ojos, y aunque aceptaba que se le ofrecieran un amplio abanico de servicios –duchas incluidas–, finalmente, se cansó de pagar por sudar.

Si al menos las duchas fueran mixtas…

Tal y como se veía venir, Richie no duró ni medio año en el gimnasio y lo abandonó alegando que no se había comido un rosco. Más tarde llegaría el difícil ejercicio de borrarse, donde, como premio de consolación, se llevó el teléfono de la chica que le atendió.

A ella creo que la despidieron por ligar en el trabajo.

Los errores de Darwin

Mayo 8, 2008 - No Responses

El otro día, paseando por la Rambla de Catalunya, topé con una bella escena digna de un documental del National Geographic. Dos perros copulando mientras sus dueños, distraídos, charlaban animadamente. Mi acompañante, una amiga de la infancia y fuente inagotable de anécdotas sentimentales, me dijo en un alarde de sinceridad que la escena le recordaba a su última relación.

 

Como el escarceo amoroso de los perritos, se basaba en un fugaz intercambio de fluidos y poco más. Ni romanticismo ni promesas de relación estable; no perdían el tiempo en otra cosa que no fuera follar. Y aunque al principio no le pareció mal, terminó cansándose de esa rutina; de perder toda la tarde preparando una cena exquisita que terminaba en la basura porque nadie estaba para comérsela después de un par de polvos; de despertarse en medio de la noche y ver que su amante ya se había largado a casa; y de vivir con la sensación de que, en el fondo, no era más que una chica fácil.

Por suerte, la cosa no duró mucho. Pensó que no valía la pena esforzarse en una relación que no conducía a nada.

 

Días después me enteré por otra persona, también mujer, que el parecido de ese pobre diablo con los perritos de la calle no se debía a sus hábitos, sino a la cara de cachorrillo –lengua fuera incluida– que ponía cuando hacían el amor. 

La naturaleza no deja de sorprenderme.

 

Moldes anchos

Mayo 7, 2008 - No Responses

En el duro campo de batalla de las relaciones sentimentales, salir con alguien que rompe moldes puede resultar duro y hasta imposible. Cuando digo «romper moldes», no hablo de salir con un genio o con una persona de incalculable talento. Cuando hablo de romper moldes, hablo de los literales, de salir con alguien obeso.

Personalmente, no tengo nada en contra de la obesidad, ni siquiera contra los quilos de más, es más, yo mismo he pasado por épocas en las que era todo tripa y creía que las cosas se solucionaban escondiéndola. Pero no, estaba gordo, con todas sus letras e implicaciones.

 

Y a esas mismas consecuencias –o puede que unas peores– se enfrentó no hace mucho mi “no tan amiga como creía” Coco cuando se dejó cortejar por un hombre que rondaba los ciento cincuenta quilos.

El pretendiente, al margen de su problema con las tallas, cumplía los mínimos requisitos que Coco pide a sus relaciones, empezando por un empleo estable, un sueldo superior a mil quinientos euros y un criterio romántico intachable.

Pero de nada sirve llenar una cama de pétalos de rosas si todas salen volando cuando te dejas caer en ella y lo único que sobrevive es el cráter de tu contorno. Y cuando hablo de camas, extiendo el drama a sillones, sofás y otras piezas de mobiliario susceptibles a la deformación.

Coco tenía un problema y éste se magnificó la primera vez que hicieron algo más que dormir en una cama.

 

 

¿Cómo se copula con una criatura que casi triplica tu peso?

Evidentemente, mal, pero aun así se intenta. Al menos, todo aquello que las leyes de la física te permiten, como cabalgar cuan príncipe hindú sobre un elefante.

Pese un par de conatos de lesión por aplastamiento y fracasar al sugerirle que hiciera dieta, Coco siguió luchando por la relación, pero las fuerzas le desaparecieron el día en que, practicando lo que delicadamente llamaremos «sexo oral», Coco alzó la vista y no alcanzó a ver lo que había al otro lado de la montaña de carne que era la barriga de su novio. Se sintió perdida, descorazonada, con ganas de salir corriendo. Solo le faltó oír al otro lado: «Cariño, ¿estás ahí?»

Y lo estaba, pero solo en cuerpo. Su mente vagaba muy lejos, haciéndose preguntas de difícil respuesta. Llegó a la conclusión que no todos los obstáculos que aparecen en las relaciones se pueden salvar.

Marcas de guerra

Mayo 6, 2008 - No Responses

El otro día, mientras tomaba el enésimo café de la jornada, debatía con mis amigos acerca de la posibilidad de hacerme un tatuaje, y aunque reconozco que la idea me atrae, nunca estaré lo suficientemente preparado para llevar uno.

 

Un tatuaje, por muchos remedios con láser que se nos ofrezcan, es un cambio de por vida, un ataque a nuestra epidermis que, como la ropa del H&M, puede, o transformarnos en un distinguido príncipe o en la rana más hortera de la charca. Metáforas al margen, me defendí con el caso de un conocido cada vez menos conocido que se hizo el tatuaje de un león en el pecho. Su problema, porque siempre hay alguno, es que, al mes, la bestia se quedó agazapada entre su bello y de ahí no salió. Le dio pereza depilarse semana sí, semana no.

 

Entre las precauciones que uno debe tomar a la hora de hacerse un tatuaje está, por encima de la higiene o la habilidad del tatuador, la vigencia de la imagen. Recordemos que vamos a llevarlo encima muchos años; hay que evitar las modas pasajeras. Una vieja amiga cometió el error de tatuarse en su juventud una pequeña hada, justo en el vientre. Por aquel entonces no vio venir el error, sumergida como estaba en una apasionante vida social repleta de canutos, rastas y pantalones naranjas, pero los años pasaron y descubrió que su maravillosa hadita, aparte de haber perdido su color original, ya no encajaba en su nuevo mundo. Demasiado para una jefa de personal conocida por su mal genio y expeditivas medidas.

Pero ahí no terminó todo, porque su vergonzoso secreto quedó expuesto en una cena de empresa, una de esas en las que un grupo de respetables ejecutivos pierden la respetabilidad al tercer cubata y, entre muchos errores, tienden a liarse entre ellos. Y si liarse con alguien del curro no es bastante error, imagina que lo haces con alguien bocazas, capaz de airear tus vergüenzas al lunes siguiente y convertirte antes del desayuno en el hazmerreir de toda la empresa.

 

Otro de los factores importantes por los que uno no debe hacerse un tatuaje es por amor. Se confirma que la cosa siempre sale mal, como inscribirse el nombre de una novia o apostar por uno de sus gustos. En este grupo se encuentra el tatuaje que se hizo un amigo —también en su juventud— del ratón más famoso de Hollywood. A su, por aquel entonces, pareja, se le metió entre ceja y ceja el ratón Mickey y él no tuvo mejor ocurrencia que tatuárselo. Dramáticos detalles al margen, aún nos estamos riendo a su costa.

 

Acabado el café, llegué a la conclusión de que nunca me haré un tatuaje. Me falta constancia. ¿Cómo convivir toda la vida con un dibujo si cada vez que me compró una revista de decoración pongo patas arriba mi piso? Al menos las hadas de cerámica que venden en los bazares orientales y las litografías de Mickey Mouse pueden tirarse a la basura.

El arte y las masas

Mayo 5, 2008 - No Responses

Hace mucho tiempo, en los albores de la civilización, el hombre de las cavernas tuvo la genial idea de llenar las paredes de su casa de pintadas que, entre otras cosas, narraban sus andanzas diarias. Para algunos es el primer acercamiento de la humanidad al arte, y para otros, entre los que me encuentro, el primer intento serio de abrirse un fotolog. Tuviera más o menos éxito, el hombre de las cavernas encontró con su afición algo más que una forma de expresar sus sentimientos de victoria sobre mamuts y otras bestias prehistóricas; tuvo un público.

 

Ya en nuestros tiempos, el público es la única especie que todos, desde el humilde blogger hasta la estrella de la televisión, debemos cuidar. Porque sin público no somos nadie, o como mucho, locos hablándole a las paredes.

Pero tener público, fans o como queramos llamar a nuestros seguidores tiene un doble filo, o si no que se lo pregunten a mi amiga Cris, una estilista de cine y televisión que, sin quererlo, abrió un diario de contenido erótico y, en cuestión de semanas, se convirtió en un fenómeno en la blogosfera.

Enseñar culo y canalillo en Internet es una garantía de éxito entre adolescentes y treintañeros a los que se les está pasando el arroz, pero también cuenta con un elemento democrático y entre tus visitas puedes encontrar a numerosas chicas que te idolatran e imitan hasta las últimas consecuencias.

Pero imitar a Elvis no te garantiza ser el Rey, y un amplio sector de las fans se desencantó con su inalcanzable ídolo, y más cuando ésta se lavaba las manos a la hora de dar consejos.

Cris terminó harta de las chicas que la odiaban por lucir mejor que nadie las bragas del Women’s Secret o de aquellas que, con un blog de características similares, no llegaban a las tres visitas diarias.

Finalmente, cuando la adoración se convirtió en odio, Cris cerró su blog. Más de uno lloraría amargamente su pérdida y otras tantas comprobarían que, ni aun abatida la competencia, consiguieron llenar sus páginas personales.

 

La fama es efímera. El hombre de las cavernas lo comprobó al llegar el invierno y ver que las presas escaseaban. Sin presas, no había pinturas, y sin pinturas, se quedó sin público.

Bueno, de vez en cuando alguien le preguntaba: «¿Cuándo actualizarás?»

Cegados de amor

Mayo 4, 2008 - No Responses

Recientemente he sido testigo de varias rupturas sorprendentes. Gente que llevaba más de cinco años con su pareja y que, de la noche a la mañana, decidieron partir peras. Al margen de los motivos que les impulsaron a romper, me quedo con el tiempo que estuvieron juntos; algunos rondando los nueve años de relación.

 

Algo debe estar pasando en el mundo cuando la gente no se aguanta. ¿Será un síndrome incurable?, ¿una plaga de incomprensión?, ¿poca paciencia?

Sea lo que sea, la gente se separa tras lo que a un servidor le parecen eternidades. ¿Y por qué?

Básicamente, porque el rollo ha muerto.

 

El viejo concepto de ligar una noche de sábado, ir un par de veces al cine y luego «si te he visto, no me acuerdo», dejó de existir hace años, cuando la gente se rindió ante la euforia del enamoramiento.

Antiguamente, la comúnmente llamada «tontería» duraba menos. Como mucho un par de meses, en el que decidías si esa personita que abrazabas, besabas y toqueteabas iba a convertirse en la definitiva. Con sesenta días te bastaba para aceptar o rechazar sus excentricidades, y en el caso de triunfo, seguir adelante.

Ahora no. En la actualidad, las parejas se pasan más tiempo en fase romántica que cerebral, y cuando quieren darse cuenta, llevan tres años juntos y han empezado a pagar una hipoteca. En ese momento echan de menos el enrollarse con una persona distinta cada semana, salir de fiesta con sus amistades o, simplemente, intercambiar miradas en el metro con un/a desconocido/a.

 

¿Vale la pena dejarse cegarse por el amor o, como con las bombillas, sale más a cuenta comprar una de bajo consumo y ahorrarse el dinero de ésas que, pese a brillar más, se funden antes?

Amores que empachan

Mayo 3, 2008 - No Responses

Dos de mis mejores amigos cometieron el error de salir juntos.

Fue un shock.

Para mí, los amigos no se relacionan entre ellos. Como mucho, se besan las mejillas o se estrechan las manos. Nunca puede salir algo bueno de un intercambio de fluidos.

Pero éstos los intercambiaron, durante unos años, conviviendo juntos, callando a las malas lenguas que habían asegurado que una relación así no podía llegar lejos. Y, seamos sinceros, no lo hizo. Tardaron tres años en darse cuenta de que existían ciertas incompatibilidades entre ellos, sobretodo, a la hora de compaginar sus jornadas laborales con las tareas de casa. Él, fiel al clásico rol de maromo que llega muy cansado para hacer nada, delegó en ella obligaciones tan gratas como hacer la cena, la colada y planchar.

Ella, paciente, pero no tonta, le dio un plazo para ponerse las pilas, y si tras éste no espabilaba, se largaría con el fruto de su relación, un pastor alemán que no entendía muy bien ese asunto del reparto de bienes.

Aunque parezca mentira —o cierto, según se mire—, él apostó más por el orgullo que por el sentido común, renunciando a muchas cosas, entre ellas, su higiene. Por no hacer, ni recogía del suelo la ropa que se quitaba la noche anterior, prendas que su queridísima mascota aprovechaba para babear, morder y cubrir de pelos.

Y así fue como un día, cuando él preguntó que había para cenar, obtuvo por recompensa un plato de calzoncillos rellenos de pelusa.

Dieta mediterránea.

Adicciones internas y externas

Mayo 1, 2008 - No Responses

Que el género humano es susceptible a las adicciones es algo que llevamos comprobando desde antes de Sodoma y Gomorra. La carne es débil, en especial, la de los genitales. El sexo sigue estando a la cabeza de nuestras debilidades, o si no, que se lo digan a mi amigo Ma —llamarlo solo M me parecía frío—, que ha pasado por dos fases en lo que se refiere a adicciones sexuales.

Primero experimentó la interna. Ma era un tipo con un apetito insaciable que no le hacía ascos a ninguna mujer, por muy fea, vieja o emocionalmente inestable que fuera. Según él, «la belleza está en el interior», aunque nunca especificó a qué interior se refería. Por la cantidad de veces que copulaba al día, no creo que se refiriera al corazón.

Pero esa etapa finalizó y el bueno de Ma se echó novia. Una novia formal, recatada, de esas que agradecen a un hombre experimentado en la cama, un tipo que te hace descubrir todo un universo de sensaciones y, lo más sorprendente, tarda, como mínimo, una hora en mostrártelas.

En ese momento comenzó la fase dos, la adicción exterior, la de sentir el acoso de tu pareja a todas horas, la de no tener ni un momento tranquilo para leer, charlar con los amigos o disfrutar de unos minutos de televisión. La jornada se convirtió en un, hablando mal y pronto, «vivir para follar».

Ma puso fin al problema rompiendo con la muchacha.

Sorprendentemente, las aguas regresaron a su antiguo cauce. Ella se calmó y él perdió los estribos. Fue peor el remedio que la enfermedad.

No es un tipo sencillo; llámalo superficial

Abril 29, 2008 - No Responses

Vivir en una ciudad tan grande como Barcelona puede resultar apasionante o la mayor de las mierdas. Las masas tienden a ir a su aire y el individuo termina olvidado en un rincón, su voz convertida en un susurro eclipsado por el sonido del tráfico.

En una ciudad tan compleja como la mía, un hombre hace todo lo que puede por sobrevivir, aunque en la actualidad viva del aire o, como dirían algunos, «me esté comiendo el paro».

 

Ser un desempleado con demasiado tiempo libre te obliga por fuerza a meterte en iniciativas tan condenadas al fracaso como este blog, una oda a la locura de ser adulto en el desafortunadamente llamado «nuevo milenio».

Pero ir por la vida con las manos en los bolsillos te permite prestar más atención a lo que hace y dice la gente. Así, descubres que ciertas conductas que se consideran correctas no lo son tanto y el más tonto es, por lo general, el que al final se lleva el gato al agua. Luego están los tontos que no atienden a moralejas y se quedan tontos de por vida. Pero esos son otra historia. La gente que a mí me interesa y que, espero, protagonizará este blog, son como tú y como yo, hombres y mujeres que, como en un examen de conducir, nos sabemos la teoría pero siempre cateamos en la práctica. Y quizá por eso tenemos tantos problemas con el curro, con nuestras parejas, ligues y/o familias.

 

Nadie dijo que la vida fuera sencilla. Yo prefiero considerarla algo superficial. De momento sobrevivo, así que no debe ser tan malo.